Revista Online
Astrología
Del Mundo del esoterismo

LUNA-SOL-TIERRA, EL TERNARIO DE LA VIDA   

El cometido de la ciencia es descubrir el secreto de la vida y su origen en la Tierra que, según la hipótesis que está cobrando fuerza, pudo llegar desde el cielo por medio de algún meteorito que contuviese ciertas bacterias y se estrellase sobre el planeta, pero lo único cierto es que empezó en los océanos primigenios y que no podemos imaginarla, al menos tal como la conocemos hasta ahora, sin el influjo del Sol y de la Luna. Ambos, junto a la benigna atmósfera terrestre, obran el milagro día tras día y noche tras noche marcando el ritmo de todos los seres vivos en la Tierra. Él, símbolo del poder masculino, redondo y único, radiante y luminoso, nos regala la luz y el calor necesarios para que todo subsista aquí abajo. Y ella, enigmática y múltiple en sus formas (por eso algunos la llaman mentirosa) pero mucho más cercana y accesible que aquél que nos impide mirarle a la cara sin dañarnos los ojos, es el espejo que recoge la energía que se lleva el Sol tras el día recién apagado para alumbrar la noche y los sueños. Igual que una esponja, absorbe y acumula la radiación solar para dejar la vida como suspendida en el aire y derramarla luego en finas gotas de rocío que darán frescura a la mañana. Ella, en su vientre de plata, guarda un pedacito de sol, de día, de vida, de fuego y luz que distribuirá por doquier al amanecer. Su fría y prestada luz no es menos fértil sobre la Tierra que los rayos del Sol. ¿A quién si no deben las mareas sus flujos y reflujos? ¿Qué luz que no sea la suya enciende la inspiración de poetas, sabios,  místicos, o la imaginación de visionarios, licántropos y otros lunáticos? ¿Con quién duermen sueños y pesadillas? ¿Quién sino  ella se sincroniza con los ciclos menstruales femeninos, los partos, decesos, o los estados alterados de la mente? ¿Por qué suele cambiar el tiempo cuando la Luna muda de fase? ¿No es ella es quien, al menos en parte, nos trae la lluvia y regula los fenómenos atmosféricos? Nunca brilla de igual modo ni sale por el mismo sitio, tampoco la vemos siempre con idéntica forma y tamaño, pero ningún astro nos resulta a la vez tan familiar y misterioso como la Luna, es el que tenemos más cerca, nuestro único satélite, recién “conquistado” y sin embargo “rebelde”. 

El ciclo solar o tiempo que emplea el Sol en su aparente revolución en torno a la Tierra  es de 360 días, algo menos de un año terrestre que, como sabemos, consta de doce meses solares de unos 30 días cada uno que se corresponden a su vez con los doce signos zodiacales (30 x 12 = 360). A él, y sobre todo a la propia órbita elíptica de la Tierra, que no traza un círculo exacto en su viaje alrededor del astro rey sino una elipse, debemos el solsticio de invierno, el de verano, y los equinoccios  de primavera y de otoño, es decir, las cuatro estaciones. Nuestro satélite tarda, sin embargo, sólo unos veintiocho días en dar una vuelta alrededor del planeta, o lo que es igual, cuatro semanas que coinciden además con cada una de las cuatro fases de la Luna. Y si multiplicamos por trece los veintiocho días que tiene un mes lunar obtenemos la cifra de 364, bastante más cercana aún que la del Sol a la totalidad de los días que forman el año terrestre. Por eso, aunque hayamos preferido usar finalmente el más funcional número doce para dividirlo, todos los años tienen trece lunas, trece ciclos lunares completos, y por eso, también, los primeros calendarios que conocemos constaban de trece meses y se basaban en los movimientos reales de la Luna en lugar de en los aparentes del Sol. En todo caso, desde el principio de los tiempos Sol y Luna separan el día de la noche para que podamos dividir el tiempo, organizarlo en días, semanas, meses, estaciones y años. Ambos separan el calor del frío y el día de las tinieblas desde siempre pero la naturaleza cambiante de ella hace que cada jornada sea distinta y quizá por eso, porque no siempre aparece igual ni a la misma hora en el cielo nocturno, fue la primera que nos enseñó a contar, a dividir el tiempo, a organizarlo en días, semanas, meses y años que se regían y aún siguen rigiéndose hoy por sus ciclos.

De todos los astros que alumbran el cielo nocturno, la Luna es sin duda la que nos aporta mayor cantidad de luz e influye más en nuestras vidas. Y sin embargo sabemos que nuestro satélite no brilla por sí mismo pues su resplandor, cantado y narrado por poetas de toda época y cultura, no procede de ella misma sino que sólo es un reflejo de la luz del Sol, la gran estrella que, superando en brillo a todas las demás y anulándolas durante el día, da nombre a nuestra morada celeste, el sistema solar. Quizá por eso el Sol simbolice desde el principio la verdad, la salud, la vida..., y la Luna tenga fama de mentirosa, traicionera y ladrona de almas. Incluso dicen que si alguien se queda mirándola demasiado tiempo acaba por volverse loco. Pero esas supersticiones, de las que tal vez hablaremos en otro momento, se inspiran en tiempos pasados, cuando Apolo, el Sol grecorromano por antonomasia, símbolo de la civilización y cultura  patriarcal, ensombreció el poder que antes tuvo la reina de la noche  en todos los pueblos de la antigüedad y que, tras la llegada de su hermano gemelo, quedó relegada al umbrío bosque donde viven las brujas, los duendes y las criaturas salvajes…

 

Por  

 

1  Aunque es la Tierra la que gira alrededor del Sol y no al revés, desde nuestro subjetivo punto de vista parece moverse por toda la esfera celeste (al igual que otros astros y constelaciones), y tardar un año aproximadamente en recorrer la totalidad la banda zodiacal (o pantalla de referencia desde la que observamos lo que sucede en el cielo), empleando unos 30 días en cruzar cada uno de los doce signos que la componen. 
2  Equinoccio deriva del latín y significa “igual noche” porque tanto en el de otoño como en el de primavera el día dura lo mismo que la noche. Recordemos que la palabra solsticio proviene asimismo del latín y significa “sol estático” pues parece como si el astro detuviese su marcha un instante para que las noches sean después más largas o más cortas según se trate del solsticio de invierno o de verano respectivamente. 
3  Artemisa o Diana, máximas personificaciones de la Luna en las antiguas Grecia y Roma respectivamente, fueron las hermanas gemelas de Apolo aunque nacieron algunos instantes antes que él.

 

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